Vivi-enda, Vivi-ficación. Máquina Volta

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Hay algo más complejo que el instante devorado por la memoria.

La simultaneidad del movimiento engendra apariciones –realidades de fuerza material­ –, donde la geometría es más que un artilugio de la pertenencia y adaptación a las dimensiones espaciales.


Más allá de las curvas, de las rectas, de las intersecciones, de las sombras, de las proyecciones y de las siluetas se extiende un océano carnavalesco que se expande en ínfimas secciones de luz y sonido.


La fuerza proviene del espacio discontinuado: cada objeto brilla revelándose como anterioridad de la contemplación del ser.


Si bien una botella contiene licor, será sólo la mente la que transmita la sensación de embriaguez a lo que caracteriza a la cosa: su única soledad complementaria, que lucha por lo funcional del borde y, a la vez, la distingue del resto.


Desde otro sesgo, la observación frontal de uno mismo en un espejo resulta un fenómeno de desafío a la propia mirada. No hay engaño del espectador, como en el arte egipcio. La transmisión del impulso se refracta doble e infinitamente, en una sensación equiparable a la de la caída libre. Por supuesto, sin arneses de ningún tipo.


Volver a la simplicidad primitiva del vacío. Bajo cualquier luz todo se repite, no importa el estado, el efecto, simplemente es una cruel noria, un mecanismo arduo, una tautología que permanece inerme a pesar del cuerpo. Esas cicatrices del tiempo no enseñan, no señalan, simplemente se acumulan en el rostro y en las manos: ante los ojos la profundidad es la misma superficie del mundo.


La tri-dimensionalidad alcanza el limen del dolor y el sonido que produce una gota de agua se funde en la corriente inevitable de un despertar autómata que niega, y solamente eso. Nada nuevo a pesar de la vida misma.


Nada que decir si el presente se dilata indefinidamente como el grito de un dios interno y apresurado en su creación. La gracia sutil de los momentos es la apariencia fútil del peso de la vida. Hay un precio que pagarle a la biología.


El sentimiento de tener que elegir un camino y no saber si hubiera sido mejor permanecer en la quietud de la decisión.


Pero la obligación, la misma rueda de la fortuna nos conduce allí, al punto en el que queremos regresar, deshacer, volver a la antigüedad que despreciábamos entonces. Pero el antiguo yo se ha fundido en la memoria, y la única reconstrucción posible yace en los sueños.


–Extiende tu mano somnolienta y tocarás un rostro que no existía previamente­ –


Biología, sabiduría de la vida: dios tiene un nombre cruel y fibroso, tiene nombre de enfermedad y reabsorción del alma.


Entretanto, el espíritu continúa en el ateísmo profundo que requiere la libertad.

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